El Tao Te King, escrito por Lao Tse, alrededor del 600 A.C, sin lugar a dudas, comprende una verdadera enseñanza espiritual. Es un texto sumamente complejo, sobre todo para la mente occidental. Conviene citar las palabras de Allan Watts con el fin de adentrarnos en el centro de la filosofía taoísta: “Cuando un hombre ha aprendido a dejar quieta su mente de modo que funcione de la manera integral y espontánea que le es natural, comienza a mostrar esa especial “virtud” o “poder” llamado te”.
Podemos asemejar –de este modo- la virtud taoísta (‘te’) con la recta acción budista del Noble Óctuple Sendero. Es, en definitiva, el principio de la meditación: en la mente quieta surge la virtud espontánea o recta acción.
Algunas frases del Tao: “El Tao que puede ser definido como Tao no es el Tao eterno”. El camino (tao) que hemos de seguir pierde su autenticidad cuando es convertido en objeto de teoría, reflexionado. Por tanto, lo que hacemos aquí, al interpretar el Tao, es, inevitable, desvirtuarlo. El Tao debería leerse en auténtico estado de meditación, esto es, sin tratar de darle un sentido o interpretación condicionada por nuestro pensamiento arraigado, cultural. Es evidente que al leer interpretamos, buscamos un sentido. Pero para leer el Tao hemos de dejar todo eso de lado, eso es, precisamente, lo que nos dice este texto constantemente.
“Tao no contiene nada pero es inagotable en la acción”. Esta es la esencia del Tao. La acción es movimiento y el movimiento nunca cesa, estamos en el tiempo y el tiempo se define por su continuo discurrir. Así, aceptamos que no podemos parar el tiempo, pero, aún así, el tiempo no existe porque todo lo real es eternamente presente. En la meditación la mente se aleja del tiempo, no establece un antes y un después con relación al ahora. Sólo somos en el ahora. Dice el Tao del sabio: “¿Acaso no logra su provecho sino porque no lo busca?”. ¿Qué hay que buscar, qué deseo hemos de proyectar en el aquí? Exactamente ninguno, llegamos así a la doctrina del ‘no-obrar’ (wuwei).
“Aunque comprendes todas las cosas, compórtate como si nada supieses”, he ahí la esencial actitud del sabio, el Tao es “causa del no-ser de todo”. La mente quieta comprende esa nocausalidad, esa liberación del karma. El principio de causalidad funcionada por si solo, nuestros deseos hacen que las causas se multipliquen, que se nos configuren como una tarea inacabable creada por nosotros mismos. “Aquel que obtiene ser completamente vacío de deseos, conserva la paz firme. […] El que conoce lo eterno está iluminado”. Conocer lo eterno significa comprender esta maraña encadenada de principios y causas. No es, en consecuencia, quedarse quieto y no hacer nada, es, hacerlo, sencillamente, porque es necesario; y no hacerlo, cuando no es necesario.
“Quien se conoce a sí mismo es iluminado”. Este conocerse implica ser consciente de las limitaciones y aceptarlas. El Tao es el principio de todo y este principio es la espontaneidad, el surgimiento no condicionado. “El Tao continuamente no obra, y sin embargo no hay nada que no sea su obra”, todo surge y cesa sin necesidad de controlarlo, de resistirse, de negarlo. El sabio se adapta al principio del Tao, porque está libre de las ataduras de la mente. “Todas las cosas tiene su principio en la Unidad del Tao”. Esta unidad existe por sí sola, es una no-dualidad de la percepción fenomenológica. Es la naturaleza la que tiene sus propias leyes de acción y la virtud consiste en comprender la naturaleza de las cosas. Todas las cosas tienen su ser, cuyo principio o ley es su no-ser. El no-ser radica en una mente que observa el movimiento desde la quietud, que observa a ‘maya’ (la apariencia). Todo es vacío en la meditación, vacuidad. Esto significa asumir el papel de espectador sin interferir en la obra.
“El que es sabio no hable, y quien habla no sabe”. Así que, sería mejor guardar silencio y escuchar directamente el Tao de todas las cosas.