Los secretos del tarot egipcio

Entrada en Tarot, el 22-12-2009

Tags: , ,

Esta “modalidad” de tarot representa deidades y conceptos de la milenaria cultura africana. Sin embargo, muchas de las cartas son equivalencias del más conocido juego occidental

Las cartas
El loco o el discípulo
El discípulo inició su camino en el momento en que comenzaba sobre el planeta un eclipse de sol. No llevaba ni oro ni armas, ni a su maestro, pero recordaba la voz: “el discípulo como el maestro, están fuera de todo orden, por encima de toda ley”. Por el camino algunos lo llamaban loco. Hechiceros y perros intentaron hacerle cambiar del camino para que cayera en un precipicio sin retorno. Su tiempo media por lunas y su acción se guiaba por la dirección y la luz del sol. En una mano llevaba el símbolo de la orden que había iniciado: una rosa de color blanco, sobre los hombros apoyaba una vara con un doble equipaje en su mano izquierda: en el equipaje de atrás guardaba signos clave para no detenerse ni equivocarse de camino, en el de adelante llevaba sabiduría, sobre su cabeza se veía un círculo y una cruz en el centro, el signo del planeta donde debía conquistar la vieja serpiente. Así es que el Loco no era el Loco, sino un discípulo en camino, llamado de esa manera por las personas que no tenían valor de emprender la búsqueda alquímica del conocimiento.

El mago o el aprendiz
A una determinada altura del camino, el discípulo ya no era llamado loco. Por las cosas que hacía, le pusieron el apodo de mago, pero seguía siendo discípulo a través de cuatro elementos. Cuando se presentaba a la gente, lo hacía como un hombre libre con el signo infinito sobre su cabeza (en su mano derecha la vara de poder y en la mano izquierda la de lo alto hacia los materiales). Los cuatro elementos estaban simbolizados adelante de él sobre la piedra cúbica por el ibis sagrado (el pentáculo dorado extraído de la tierra, la copa rebosante de agua primitiva, el fuego inextinguible con la espada curva delimitando el aire y las heridas). Sus semejantes no entendían ni los símbolos ni el lenguaje, otros le tenían miedo por la forma en que manejaba y dominaba los elementos, por eso le llamaron mago, dios, profeta. Pero era un discípulo que llevaba ceñida a la cintura la serpiente que se muerde la cola y estaba aprendiendo a usar la materia defendido por la fuerza de Mercurio. El mago era el aprendiz alquimista buscando a través de sí mismo y la materia la sabiduría y el don de la obra.

La sacerdotisa o Isis con velo
El discípulo sabía que antes de ser maestro debía vencer las siete tentaciones. Su primera tentación fue la sacerdotisa, que se le apareció cubierta de un velo negro y su deseo fue conquistarla y levantar el velo para mirarla, porque en ella averiguaba la matriz virgen de todas las cosas y el himen puro de la sabiduría que buscaba. Ni bien dio el primer paso vio que la sacerdotisa llevaba sobre su cabeza tu tiara de triple círculo, símbolo de la trinidad superior conquistada, que defendían su vuelo los signos zodiacales de Virgo y la Luna que llevaba escrita en sus manos la ley cósmica de causa y efecto y que en su pecho estaba grabado el símbolo de la unión fecunda del arriba y el abajo. Parado, contempló a la sacerdotisa vestida de blanco, oculto su brazo derecho por un manto azul, defendida por las columnas de los dos principios que determinaban toda polaridad y todo movimiento dejando ver en su mano izquierda la ley y en su pecho el símbolo de Mercurio entregado a todos los que pretendían la iniciación. Entonces el discípulo retrocedió hasta el atrio sin dar la espalda y comprendió que había vencido la primera tentación.

La emperatriz o Isis sin velo
Al pasar la ciudad el discípulo llegó a las puertas de un palacio y fue invitado a entrar. En medio de la avenida de los jardines, se encontró con una mujer sentada sobre una piedra que llevaba dibujados cinco ojos, en los ángulos y el centro de la cara visible. La mujer no llevaba los ojos vendados y dejaba sus pechos al descubierto pero no se dio vuelta para mirarle ni varió su actitud. Apoyaba sus pies sobre una luna en cuarto creciente, su mano derecha sostenía el cetro terminado en un círculo de expresión de su poder ilimitado y su rango, en el dedo índice de su mano izquierda se posaba el águila protectora de los procesos alquímicos. La mujer revelaba el estado de fecundidad incipiente y adornaba su cuello un aro con siete piedras preciosas y coronaban su cabeza doce estrellas. En su frente se erguía la serpiente de la sabiduría que atravesaba los jardines un gran río de agua que operaba la transmutación de los campos y los animales. La carne débil del discípulo se conmovió ante la presencia de la emperatriz y cruzó, la que tal vez fuese su alma gemela. En ese momento apareció el símbolo de Marte sobre la emperatriz y el discípulo supo que no debía moverse en ninguna dirección sino sentir y esperar hasta ser conducido dentro o fuera por sus guías invisibles.

El emperador o el príncipe alquimista
Al cumplirse el signo de Aries, el discípulo fue conducido a la presencia del emperador, lo encontró con la mirada fija en el infinito en la misma actitud que la emperatriz. El discípulo se detuvo y lo miró. El emperador estaba sentado sobre una piedra cúbica y con la cara visible podía verse un animal con cabeza de gato y cuerpo de pantera, guardián del secreto del templo. En su mano izquierda sostenía una cobra erguida y sobre ella un círculo de símbolos del poder conquistado y ejercido, eran sus atributos dominar y transmutar los cuatro elementos y poseía en sus manos la vida y la muerte de sus semejantes. El emperador llevaba un anillo con un rubí tallado en forma de pirámide y el mismo símbolo bordado en oro en el cinturón que ceñía su vestido. El discípulo comprendió que ya habían sido reunidos por el emperador el cuatro y el tres y por tanto había descendido con el derecho de poseer el planeta y ejercer la justicia. Sobre la cabeza se dibujó el signo de Escorpión y en su pecho con las alas desplegadas se dejó ver, sobre un disco dorado, el águila que indicaba la constelación de origen y su pierna derecha formó sobre la izquierda el ángulo de 90 grados. Así, averiguó que el emperador era el príncipe alquimista por cuyas venas corría sangre roja, el germen venido de las estrellas. No dio palabra entre ellos pero él sintió que debía seguir su camino. Lo hizo y en ese momento supo que su búsqueda había entrado en el tiempo número cinco.
Más cartas, en una próxima nota.

COMPARTIR
  • email
  • FriendFeed
  • Twitter
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Faves
  • Meneame
  • MySpace
  • Netvibes
  • Reddit
  • Simpy
  • StumbleUpon
  • Technorati
  • LinkedIn
  • MisterWong
  • Mixx
  • Sphinn
  • Tumblr
  • Wikio
  • Yahoo! Buzz
  • Yahoo! Bookmarks
  • RSS
  • Add to favorites