Las cartas del tarot egipcio, última entrega

Cuando finalice la lectura de esta tercera nota contará con las herramientas que le permitirán conocer los misterios de una técnica milenaria

El ahorcado o el holocausto

El anciano transmitió a los que habían entrado en el atrio, una visión en la que ellos mismos serían espectadores y protagonistas. Esta visión, no es una visión, es la imagen real de lo que le sucederá a todos los que habéis cruzado el umbral del templo y habéis superado el juicio y aceptado la Ley Cósmica que se aplica a todos cuantos un día recibirán el conocimiento. Después les dejó ver un hombre suspendido en un travesaño colocado sobre dos troncos de árbol a los que se les habían talado sus seis ramas. El hombre joven estaba suspendido con una cuerda por su pie izquierdo y cruzaba sobre su pierna izquierda la derecha formando un ángulo de noventa grados. Tenía enlazadas sus dos manos por encima de la cabeza y dejaba caer al suelo monedas de oro transmutado. El hombre estaba solo sometido al holocausto que había aceptado y nadie podía acercarse a él ni arrebatar las monedas durante tres días y tres noches consecutivas. La posición del hombre impulsaba hacia abajo lo que había estado arriba y hacia arriba lo que había estado abajo. En su desdoblamiento, el hombre podía ponerse en contacto con su raza y su patria de origen sin abandonar la materia. El holocausto debía celebrarse bajo el signo de Libra y estando la Luna en cuarto menguante.

La muerte o la transmutación

El hombre sabio salió para ver el atardecer y se detuvo frente a la mies y comprendió que las espigas estaban maduras. Entonces hizo que los neófitos le acompañasen hasta los sembrados. El espectro de la muerte había comenzado la siega blandiendo la guadaña de izquierda a derecha, y de los sembrados se levantaba en oleadas el miedo a de la mies que faltaba por segar, pero las espigas que yacían en tierra no temían porque se habían liberado y esperaban su preparación para una nueva sementera. El hombre sabio se volvió a los que habían iniciado el aprendizaje del conocimiento y les dijo: “¿Conocéis el destino del grano de trigo? Si la espiga no se siega, si el grano de trigo no es separado de la paja, entonces no puede ser depositado en el surco y renacer en una espiga según la ley. Quién pide el conocimiento lleva escrita en su carne la ley, primero morir, luego renacer. El orden para quien solicita el acceso al gran secreto es desear y conseguir primero ser justo, luego ser bueno y luego sabio. Cuando entréis en el signo de Aries y el planeta Marte haga sentir sobre vosotros la fuerza de su fuego, sabed que está próximo el momento de la transmutación, el de vuestra muerte alquímica. Dominad el miedo porque sobre vuestras cabezas no está solamente la guadaña, sino el arco iris de siete colores como prueba del pacto del arriba y el abajo y un nuevo Sol que hará renacer virgen de la materia opaca, el cuerpo sutil de vuestros deseos purificabas según la ley”.

La templanza o la alquimia espiritual

Cuando el anciano sintió que todos los aspirantes habían asimilado el contenido y el amor a la muerte, los transportó a otro lugar. En medio de un campo florecido, apareció un ángel alado y plegó las alas en forma de ángulo recto y se puso a caminar de norte a sur. Sobre su cabeza brillaba la llama las transmutaciones alquímicas y en ella vivía el espíritu del agua primitiva. El ángel llevaba el líquido en un ánfora de oro que tenía en su mano izquierda y se puso a verterla en un ánfora de plata que llevaba en su mano derecha. Al caminar, el ángel desplegó unas alas que llevaba en los talones y a su espalda apareció el signo de Mercurio, protagonista y guardián de todos los trabajos alquímicos y sobre él, el Sol en posición fecundadora y el signo de Escorpión a la derecha propiciando la manipulación de los materiales. Luego el ángel desapareció y llenó la escena el número catorce que expresa todas las fases lunares para que el velo de Isis fuera levantado. El catorce se fue convirtiendo en un cinco. La visión se esfumó y los aspirantes fueran sumidos en un sueño: el liquido que vertía el ángel con su copa de oro en la copa de plata había rebosado y se había convertido al caer en tierra en un gran río y los aspirantes habían caminado hasta sus orillas y habían comenzado a sumergirse en él para ser purificados y no tener en el futuro necesidad de otra agua.

El diablo o el guardián del secreto

Sin salir del sueño, a medida que los aspirantes bebían el agua y llegaban a la otra orilla del río, asistían a la transformación del que se les había presentado como príncipe iniciado, ermitaño y guía, en diablo y lucifer. El diablo y lucifer era el guardián del secreto y tenía forma de monstruo con patas de macho cabrío, vientre de hipopótamo, pechos de mujer y manos de hombre con alas de murciélago y cabeza de cocodrilo. En su mano izquierda blandía una tea encendida y a su espalda y bajo sus pies, se veía los restos de un templo que acababa de incendiar. En la mano derecha sostenía un cetro cuya vara era una doble tau terminada en uve y entre los lados de la uve un círculo: atributos exclusivos de los príncipes que tenían el poder del conocimiento. Encadenadas a una de las piedras del templo destruido, aparecían dos figuras humanas: un cuerpo de hombre y cabeza de macho cabrío, otra con cuerpo de mujer y cabeza de macho cabrío. Las dos estaban semidesnudas y postradas de rodillas a los pies del monstruo. Y el monstruo tenía sobre su cabeza la llama del espíritu alquímico y sobre él se dibujó el signo de Sagitario. En ese instante, los aspirantes comprendieron que el propio guía podía convertirse en tentador, porque era, a la vez, el guardián del gran secreto y a nadie permitiría acceder a él antes de tiempo.

La torre o la segunda muerte

El anciano volvió a la forma física habitual, condujo a los discípulos fuera del sueño y les sugirió una nueva visión. En ella veían los hechos sucedidos y los que iban a suceder pronto. Sobre un cielo de bronce se destacó la silueta de una pirámide que coronaba un templo. En el cielo brilló un rayo que cayó en la piedra angular de la pirámide. La piedra angular saltó y rodó hacia el vacío causando enormes daños en las zonas bajas del templo. Con la caída salieron despedidos y cayeron el constructor que se había adueñado del secreto y el sacerdote que había usurpado los poderes al príncipe supremo del pueblo. En la caída el sacerdote y el rey perdieron la corona, el cetro de mano y la espada. El constructor perdió el compás, la escuadra y el rollo de papiro en que estaban escritos los números clave del gran secreto. La destrucción de la gran pirámide no continuó. A los ojos de los aspirantes se iluminó la puerta inferior de entrada que daba acceso a la cripta de las iniciaciones. Sobre el dintel apareció el signo de Marte y a los costados los planetas Saturno y Júpiter, propiciadores del cambio. En la cripta continuaban estudiando la ley y buscando la sabiduría. Ellos sabían que cuando todo hubiera acabado, deberían salir al exterior y poner la piedra angular en la cúspide de la pirámide de nuevo.

La estrella o la fecundación alquímica

Desde que el maestro proyectó la visión del ángel, vertiendo el agua primitiva de un ánfora en otra, habían pasado tres días completos, el tiempo exacto para permitirles ver la imagen complementaría. Arrodillada, con un pie en tierra y otro en el mar, apareció una doncella desnuda, de perfil, que portaba las mismas ánforas de oro y plata que había utilizado el ángel. La doncella vertía del ánfora de oro sobre la tierra y el del ánfora de plata sobre el mar. De este modo el espíritu de la vida fecundado alquímicamente en su interior, se expandía y fecundaba las dos matrices de las cosa del planeta renovado. Sobre la cabeza, apareció una estrella de ocho puntas y en su interior dos triángulos unidos por la base, dorado y luminoso el superior, negro y opaco el inferior. El de abajo era elevado por el de arriba, y la materia elevada hacia el espíritu de la luz. Al lado derecho de la doncella se iluminaron las siete Pléyades y por el lado izquierdo, emergiendo del mar, brotó un tallo de oro con tres flores y sobre la flor principal se posó una mariposa con las alas desplegadas. A ambos lados de la estrella mayor aparecieron los signos de Géminis y el planeta Mercurio. Señales indicadoras de que una nueva generación estaba siendo germinada y brotaría sobre el planeta.

La luna o la sepultura

Cuando la doncella terminó de verter su líquido en el mar y en la tierra, sobre el planeta se hizo el crepúsculo. Y el espíritu alquímico que había derramado, fecundó y comenzó la germinación. En el cielo apareció una luna nueva coincidiendo con el solsticio de verano e iluminó una de las dos pirámides que veían en la noche. A la luz del crepúsculo y sobre el cielo, pudo verse con fuego el signo de Cáncer y sobre el dintel de la puerta que daba acceso a la cripta en la pirámide iluminada, aparecieron los signos de Acuario y Venus. Procedente del interior de la tierra en dirección a las pirámides, iluminado por la luna un escorpión hacía su camino. Dos perros sentados, con cabeza de chacal, montaban guardia al lado de las pirámides. El de la pirámide iluminada era negro y blanco el de la pirámide negra. Cada uno conducía el proceso alquímico de la pirámide respectiva y guiaba los cuerpos hacia su propio destino: la muerte el de la pirámide negra, el renacimiento el de la pirámide iluminada. El proceso debía terminar antes de que el sol iluminara la piedra angular del templo en la ciudad dorada En ese momento la luna terminaría su recorrido y la cripta debería ser abierta y revelar su secreto.

El sol o el alumbramiento

Al día siguiente alumbró un sol sobre las cabezas de los iniciados y tenía veintinueve rayos -catorce mayores y catorce menores más un rayo que unía cielo y tierra-. En el símbolo del sol se manifestaba la clave de la procreación. En la tierra florecieron en forma circular 21 flores blancas y dos príncipes, hombre y mujer, entrando dentro del círculo tomados por la mano. El príncipe vestido con túnica blanca y bordada en el pecho con hilo de oro un águila con alas desplegadas. La princesa con túnica azul y a la altura del pecho, bordada en oro, la cruz ansada. Bajo la influencia del Sol y de Júpiter y obrando astrológicamente Piscis y Leo, el Sol hizo germinar y alumbrar los campos. Los dos príncipes entraron en comunión y en sus mentes se hizo la luz, alimentada por las dos serpientes reunidas. Era un día nuevo primer día de la nueva raza sobre la tierra del nuevo reino. Día preanunciado y profetizado desde milenios para el que habían sido guiados, iniciados y guardados los portadores de la semilla y sus receptáculos, por fin unidos en el círculo alquímico, alumbrado en las mismas coordenadas de tiempo y espacio, según estaba escrito.

El juicio o la reencarnación

Una de las últimas lecciones y visiones del anciano hizo aprender y guardar en su corazón de cada discípulo el juicio y el retorno a la materia. En el universo un ángel hizo sonar su trompeta de oro y se oyó en los cuatro ángulos del mundo que había sido juzgado. El ángel se cubría el cuerpo con alas de oro y llevaba una llama encendida sobre su cabeza. En el lugar de las tumbas sagradas un sarcófago se iluminó y tres momias: un varón, una mujer y un niño, se levantaron, despertando de su sueño al toque de la trompeta y regresaron a la materia y a la experiencia del mundo de los vivos. El sarcófago tenía en el lateral visible siete columnas de inscripciones, cada una de ellas correspondientes a las siete generaciones a las siete razas del planeta. En la columna número cuatro, aparecía el escarabajo dorado, símbolo de la iniciación y la reencarnación un sol alado, el sol naciente, cubría con sus alas las siete columnas. En el lateral izquierdo de la tumba, montaba guardia un Anubis con cabeza de chacal, testigo de todo juicio y todo viaje de retorno desde el mundo de las sombras al mundo del maya. Presidiendo la acción obraba el signo de Saturno regidor del karma y la ley evolutiva a través de todas las mutaciones y ascensiones propiciadas por la Luna.

El mundo o la tierra prometida

En la última visión, el anciano se puso al frente de los de la iniciación. Primero tomo el aspecto de ermitaño, luego en hierofante, en mago y, finalmente tomó forma de un discípulo, como ellos mismos. Les dijo en un idioma sin palabras: Esta será la última visión antes de mí partida, espero que comprendáis lo que debéis hacer porque en adelante seréis dispersados y quedaréis solos en el camino a merced de vuestra sabiduría, vuestra fuerza y los cuatro elementos. Apareció en los cielos una corona de doce rosas con tres capullos cada una. Las flores hacían renacer la rueda de la fortuna y se iniciaba un nuevo giro presidido por los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y aire. Y los elementos estaban protegidos según la ley, por un ángel en el signo de Acuario, por un águila en el signo de Escorpión, por un toro en el signo de Tauro, por un león en el signo de Leo. En medio de la corona de flores, una paloma con alas desplegadas remontó el vuelo verticalmente. Era la paloma de Noé que anunciaba una nueva era. Completó la escena una mujer de rodillas tocando una lira de tres cuerdas. El armazón de la lira se apoyaba en una cabeza tallada en forma de esfinge. La cobra de la sabiduría soportaba los símbolos de los dos cuerpos. En los cielos se iluminó el signo del Sol fecundado y los discípulos fueron enviados a los cuatro ángulos del nuevo mundo para obrar y repartir lo que habían recibido entre los nuevos herederos de la Tierra Prometida.

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Arcanos Mayores

  • Cada uno de los 22 Arcanos tiene un significado distinto si su presentación es al derecho o se presenta invertido.
    También varía  su descripción dependiendo si representa el presente, pasado o futuro.  Así cómo si es para temas de amor, trabajo, salud, situaciones favorables o desfavorables.

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