El significado de las cartas de tarot egipcio, una por una (segunda parte)

El hierofante o el guía alquímico

Antes de dejar la ciudad el discípulo pasó por las puertas del templo. Un grupo de jóvenes iba a cruzar el umbral y entrar en el atrio de la iniciación. Era algo que ya había vivido. El Gran Hierofante había sido conducido hasta el tercer escalón del atrio bajo un dosel de columnas doradas rematado por el sol alado, bajo el sol se dibujaba un friso con los siete sellos de los siete guías alquímicos correspondientes a las siete razas y las siete generaciones. El Hierofante adornaba su cabeza con la cobra de la sabiduría, iba revestido de un manto rojo y una túnica dorada, sus pies se apoyaban en el suelo señalando a Occidente y dos jóvenes coronados con el símbolo del primer grado de la iniciación pedían ser introducidos en los misterios de Isis. El Hierofante mostró a los aspirantes los siete sellos, y empuñó la triple cruz con su mano izquierda, símbolo del control y armonía de los tres cuerpos y los tres mundos manifestados del Cosmos: la materia el alma, el espíritu, el cuerpo físico, el cuerpo astral, el cuerpo mental. Luego el Hierofante elevó su mano derecha y juntando el pulgar, índice y medio, flexionó el anular y el meñique y bendijo a cada uno según sus deseos. Pero no les entregó las llaves del gran secreto y permanecieron cruzadas a sus píes esperando que sobrepasaran el umbral. Sobre la cabeza del guía alquímico se dibujaron los signos de Aries y las planetas Júpiter y Marte. Había pasaba otro tiempo y el discípulo entró de este modo en el signo de Tauro.

Los amantes o los dos caminos

En el quinto día, el discípulo, había acumulado sabiduría para discernir entre las formas de poder y ejercer ante la admiración de sus semejantes. Ya conocía el árbol de la vida y había probado sus frutos, también sabía distinguir entre los demás árboles y había olido sus doce flores. Era el momento en que había sentido la presencia de la serpiente antigua enroscada en el tronco del árbol de la vida y tanto le había costado vencer. En lo alto brillaba el sol que todo lo fecunda, lo miró y fue deslumbrado. En la visión pudo distinguir al mismo tiempo la luna avanzando. En el mismo camino, distinguió un hombre joven con los atributos de un príncipe. Al atardecer, le salieron al encuentro dos princesas. A su derecha, se colocó la mujer vestida de blanco con una sobre toga azul y coronada por la cobra de la sabiduría. A la izquierda, se puso la mujer vestida de negro con un collar de oro y dejaba al descubierto sus senos, coronaba su cabeza la cobra de la sabiduría. Cada una de ellas se separó más adelante y tomó un camino diferente. Sobre el príncipe estaba el disco solar de 29 rayos – 14 menores y 14 mayores más uno- y en su centro se dibujó Lucifer disparando un arco en dirección a su cabeza. Entonces el discípulo supo que el príncipe era él mismo y que debía elegir entre dos caminos. Paró sus sensaciones hasta la caída del sol y cuando vio dibujarse en el cielo los signos de Venus y Tauro supo que debía elegir según la ley, armonizando las dos serpientes y evitando el punto sin retorno en el camino del conocimiento.

El carro o la energía bipolar

Cuando el discípulo eligió el camino sintió temblar la tierra. En su espalda apareció un carro de base cuadrada tirado por dos esfinges: negra la del pescante derecho, blanca la del pescante izquierdo. El carro iba protegido por un dosel que sostenían cuatro columnas. En el pescante aparecía el sol alado y sobre el dosel el círculo con un punto. Cuando el carro llegó su altura envuelto en un torbellino, una voz venida de lo alto dijo: Salta al pescante, toma las riendas y cambia tus vestidos. El discípulo obedeció. En ese momento vio sobre él signo de la tau rematado hacia arriba por una flecha. La voz le dijo su interior: “Toma en tu mano izquierda tus atributos: el cubo, la esfera, la pirámide. No detengas el carro y acelera la búsqueda de la sabiduría, utilizando las fuerzas que te han sido dadas. La luna te es propicia y el sol alado está entrando en la constelación de las grandes transmutaciones. Sobre tu frente está ya la cobra de la sabiduría y en tu pecho la tau soporta las dos escuadras”. El discípulo agradeció a sus guías y aceleró aprovechando la fuerza de las dos esfinges. Mientras guiaba el carro, anheló el momento en que el arriba y el abajo se unirían, en que la obra concluida vendría a sus manos y el masculino y el femenino se manifestarían a sus ojos como una unidad invisible y fecunda.

La fuerza o el león vencido

Conduciendo, revestido de los atributos de un príncipe, tuvo una última aparición: una princesa con túnica bordada en oro, que abría sin esfuerzo con sus manos las fauces de un león. La princesa llevaba sobre su frente la cobra de la sabiduría, sobre su cabeza un ánfora con el líquido transmutado y encima el águila con las alas plegadas. Pensó que era la diosa de la transmutación y podría hacerla suya esa noche y apropiarse su secreto, pero debía conseguirlo sin detener el carro ni utilizar su apariencia de príncipe. La visión no le siguió y supo que acababa de vencer la última tentación. La misma voz le habló: “Al amanecer estarás preparado para emprender otra viaje, cambiarás s vestiduras y dejarás los vehículos que has utilizado, al amanecer el águila y el león se pondrán a tu lado y defenderán tu obra para el resto de los días en este planeta, en el ánfora de tu interior brota el agua primitiva que nunca se agota y las dos serpientes se han unido en tu árbol. Vete en paz”.

Otros estaban llamando a las puertas del Gran Templo y él debía emprender el camino de regreso y devolver en justicia lo que en justicia había recibido. En ese instante, sobre el cielo, se dibujaron los signos de Marte y Neptuno.

El ermitaño o el iniciado

Al levantarse el sol en el horizonte, el príncipe, disfrazado de ermitaño, se puso en pie y partió hacia donde sentía la llamada de una nueva generación de aspirantes al conocimiento. Su vestido era una túnica blanca de lino y se protegía con un manto gris de forro azulado. En su mano derecha empuñaba el bastón de su poder: una vara en forma de tau y dos serpientes enroscadas de abajo arriba, una negra y la otra dorada. Con su mano izquierda y llevaba la lámpara encendida de siete rayos que lucía día y noche sin consumirse. Era la luz que ningún viento podía apagar y ningún salteador arrebatar porque formaba parte de la herencia del conocimiento y estaba destinada a guiar a quienes habían invocado su nombre. El príncipe analizaba el camino de regreso y veía cuán diferente era a su partida de la patria de origen. La iniciación y su sabiduría lo habían convertido en un hombre sin patria y las personas a su paso no le llamaban ni loco, ni mago, ni profeta. Sólo se fijaban en su aspecto, quienes llevaban el signo del sol en la frente y le habían pedido ayuda en silencio interior. De regreso, alcanzado el secreto de la obra alquímica, devolvía a los hermanos lo que había recibido, cumpliendo en justicia la vieja ley del conocimiento: el encuentro es para el amor, el amor para la fuerza, la fuera para la obra, la obra para los hermanos. Su acción tenía influencia de Júpiter y Urano, entre Leo y Acuario.

La rueda de la fortuna o el gran cambio

La aparición del príncipe disfrazado marcaba un nuevo tiempo, otro giro de la rueda de doce radios. En este giro quedaría al descubierto lo que había estado oculto y sepultado todo cuanto había estado patente, la vida se manifestaría en colores, hasta entonces, desconocidos. Esta fue la primera visión que el anciano comunicó a todos cuantos solicitaban el conocimiento: Una rueda de doce radios se movía apoyada en un eje vertical atacado en su base por las dos serpientes que habían sido reunidas y dominadas por los maestros y debían serlo por los iniciados que ahora cruzaban el umbral. El movimiento de la rueda estaba determinado y controlado por la gran Esfinge alada con cara de mujer, alas de águila, cuerpo delantero de león, cuerpo trasero de toro. El movimiento de la rueda se realizaba bajo los cuatro puntos del zodíaco (Acuario, Escorpión, Tauro y Leo). Sobre la rueda obraban alquímicamente Mercurio y Urano y en la aceleración o deceleración de la rueda, por el lado derecho, una figura de hombre con cabeza de chacal conduciendo los elementos de los planos astrales y un hipopótamo con cabeza de cocodrilo alado, por la izquierda intentando cambiar el giro de la rueda. Estos eran las primeros signos que por todo aprendiz debían ser interpretados.

La justicia o la ley del karma

La segunda visión que comunicó fue la de la justicia. Ante los ojos de los aspirantes apareció una princesa con vestidos de oro, coronada por la cobra de la sabiduría con los ojos vendados, sentada sobre un trono cúbico, elevado sobre tres escalones cuadrangulares, con una espada curva en su mano derecha y una balanza en su mano izquierda. La princesa estaba de perfil, preparada para presidir el juicio de cada uno y aplicar la ley del karma que les conduciría a la muerte alquímica o les haría regresar al mundo general del maya. Detrás de la princesa como testigos los cuatro guardianes alquímicos de los cuatro elementos: de pie sobre el tercer escalón un león, sobre el león la esfinge con cuerpo de toro, detrás de la esfinge un ángel alado y sobre el ángel una tortuga en posición de vuelo. En presencia de la princesa, se inició el juicio en el atrio del templo. El juicio se llevaba a cabo, colocando en una de los platillos de la balanza una pluma y en el otro el corazón del aspirante. Sí el corazón pesaba más que la pluma y desequilibraba la balanza, entonces, el chacal con cuerpo de hombre lo conducía de regreso al mundo del maya y lo dejaba sujeto a la ley común. Y al contrario, el corazón era tan ligero de peso como una pluma, el aspirante era conducido al atrio y admitido en la iniciación. El juicio y la aplicación de la ley del karma para los aspirantes, tenía lugar en vida, se celebraba bajo la influencia de Venus y entre los signos de Cáncer y Capricornio.

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